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El Yasuní, patrimonio que de a poco se descubre

Ecuador
El Telégrafo
29/08/2010
Galo Sosa, enviado especial

Debates sociales y proyectos científicos van arrojando más información sobre el Parque.

Desde que su conservación empezó a ser un tema de debate internacional, la Reserva Yasuní, ubicada en las provincias de Orellana y Pastaza, ha generado un cada vez más creciente interés de científicos, activistas ecológicos y antropólogos.

La importancia de la Reserva radica en que,  de acuerdo con varios estudios científicos,  es la región de mayor diversidad biológica del mundo. Junto con la riqueza natural, la presencia de pueblos y comunidades indígenas hace del lugar un microcosmos irrepetible. 

Solo es necesario adentrarse diez minutos en este bosque nativo (al que se llega en lancha desde la ciudad de  Coca, viajando dos horas; o en camioneta, viajando una) para admirar la naturaleza en un intensísimo esplendor.

Árboles enormes, plantas diversas,  rumores de insectos y animales, como una orquesta en pleno, son los acompañantes a  cada paso.   Aunque no es fácil, se puede observar a monos y pájaros ocultarse entre las ramas; sin perder  cuidado de las serpientes, que aparecen de imprevisto entre la hojarasca o al pie de los troncos.

Resulta sencillísimo  perderse, por la densa vegetación; de ahí que lo ideal es acompañarse de un guía nativo. Los guías, waoranis en su mayoría, a cada paso develan los secretos de la selva; solo resta prestarles atención.

Apenas con agacharse recogen lianas que, aseguran, sirven para fabricar una especie de ungüento para aliviar los dolores musculares. También raspan la cáscara de un árbol (capirona) que, afirman, tiene las propiedades para curar las espinillas y el acné.Así, de a poco, van surgiendo los secretos de su mundo.

A un waorani le toma menos de cinco minutos recoger hojas y fabricar, con ellas,  bolsos para el camino. Otros, más supersticiosos, las recogen para tirarlas en el agua y verlas moverse en círculos.Si la hoja mantiene el movimiento, afirman, habrá buena caza y pesca.

Los más arriesgados raspan las raíces del tallo del curare,  que es el veneno que usan para cazar monos y pájaros, parte de su dieta.Mastican dicho tallo y  dicen que es mortal, una vez que lo  cocinan  con otras hojas, y lo dejan destilar.

Toda esa riqueza cultural es destacada por  José Juncosa, director de la cátedra de Antropología de la Universidad  Salesiana de Quito.

El académico detalla que, a diferencia de lo que ocurre con animales,  suelo y flora,  no es necesario instalar laboratorios permanentes para establecer condiciones de estudio de la riqueza cultural  de la Reserva.  “Ellos (los waoranis) son personas; además, el Estado tiene muchísima información sobre su cultura y tradiciones”.

De acuerdo con las investigaciones, en 50 hectáreas del Yasuní hay  1.200 especies de plantas. Pero resulta necesario contextualizar esta reflexión.

El experto hace referencia  a la posibilidad de una unidad permanente de investigación, tomando en cuenta el antecedente de las  que poseen en el Yasuní, desde hace ya varios años, dos universidades quiteñas: la San Francisco y la PUCE (Pontificia Universidad Católica del Ecuador), las cuales se dedican substancialmente a investigaciones científicas relativas, por ejemplo, a procesos taxonómicos de categorización de flora o proyectos concretos de preservación de especies animales.

Ante ese panorama surge una pregunta: ¿Qué tan necesario resulta que las instancias académicas se planteen, también, una agenda de estudio de las dinámicas sociales, culturales y de los procesos de mestizaje y, especialmente, de acceso a derechos políticos de las tribus contactadas? (ya que, además, en el corazón de esta selva, existen dos no contactadas: los Tagaeri y Taromenane, que habitan  una zona de 600 mil hectáreas denominada intangible, y comparten el territorio de la Reserva con los waoranis, kichwas y algunas comunidades shuar).

A este respecto, Esperanza Martínez, bióloga, miembro de Acción Ecológica y coordinadora de la campaña Amazonía por la Vida, opina: “Una agenda de investigación antropológica en el Yasuní debe ser liberadora; debe fortalecer a la nacionalidad Waorani, permitirle, desde luego, superar las vulnerabilidades y nutrir  sus relaciones interculturales en la región...”.

Agrega que la antropología nació como una ciencia colonial, la misma que sirvió para facilitar el saquear recursos naturales y la dominación de los pueblos en las zonas de contacto. “Aunque  pasó por un proceso de transformación en América Latina -puntualiza- incluyendo el Ecuador, sobreviven antropólogos que trabajan como relacionistas comunitarios de empresas petroleras”. José Juncosa, por su lado, asegura en relación con el mestizaje, que aunque algunos waoranis no vistan con sus atuendos tradicionales, su identidad permanece. “Que su presentación pública no sea la que nosotros tenemos en la mente, no significa que no sean indígenas”.

Martínez, en ese sentido, piensa que varias ciencias  deberían dedicarle más atención al Yasuní: “Existen algunos estudios politológicos, sociológicos y, desde luego, de las ciencias ambientales,  que contribuirían a enfrentar los problemas que existen”.

En cuanto a la presencia de las universidades privadas en el Parque, esboza unas cuantas críticas: “Algunos proyectos de estas universidades privadas, en ciertos casos, dependen del financiamiento de petroleras. Sus resultados son de difícil acceso y ni el Estado ni la sociedad participan en las prioridades de investigación.

Además, en el caso de la San Francisco, por ejemplo,  la mayor parte de investigadores que entran al Yasuní son extranjeros, por lo que no hay una potenciación del desarrollo científico nacional”.

Pero también existe un reconocimiento,  en sectores editoriales del  campo científico, de las iniciativas universitarias.Publicaciones especializadas han reconocido como positivas e, incluso, necesarias, ciertas tentativas; como, por ejemplo, la que tiene que ver con el criadero de tortugas charapas, que la Universidad San Francisco mantiene desde hace años.

Sea como sea, los recientes estudios, de diversa índole, contribuyen a aclarar un poco más el panorama del Yasuní, con  datos importantes como que en 50 hectáreas de la Reserva  hay  1.200 especies de plantas, más  que en los bosques de Estados Unidos y Canadá. El número también supera con creces a las especies de Europa.

Renato Valencia, director de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica del Ecuador, confirma los estudios científicos y añade que debido a la densidad (número de árboles por hectárea), el Yasuní supera a varias regiones del mundo en especies de árboles.

Es solo comparable a la isla de Sorawak, Malawi, en donde se han registrado 1.175 especies de árboles en 55 hectáreas. Adicionalmente, señala que en los últimos años se han descubierto, aquí, 25 nuevas especies que aún deben ser nombradas.

De acuerdo con el biólogo, el Yasuní protege un amplio rango de formaciones de vegetales arbóreas, consideradas como las más diversas del mundo; rango que  se extiende desde el occidente del Ecuador y el noreste de Perú hasta Brasil.

Pablo Jarrín, director de la estación Yasuní de la Universidad Católica, añade más datos sobre la riqueza natural de la zona: 137 especies de anfibios, 601 de aves, 382 de peces   y 211 de mamíferos. Menciona, entre estos últimos, perezosos gigantes, osos hormigueros gigantes, panteras y venados.

 Sin embargo, afirma  que la Reserva es de extrema fragilidad y de fácil deterioro. Todo un patrimonio, de muchas formas aún desconocido, pero que hay que ir conociendo con sumo respeto y minucioso cuidado.

El contenido de las noticias que se presentan en esta sección es responsabilidad directa de las agencias emisoras de noticias y no necesariamente reflejan la posición del Gobierno de México en este u otros temas relacionados.

    

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